Padres o Nones.

¡Socorro, en mi casa vive un adolescente!

Los padres se levantan un día y comprueban como su dulce hijo ha sido suplantado por una persona que cuestiona todo, se viste de forma diferente y ya no quiere pasar tiempo en familia. Sin posibilidad de marcha atrás, la convivencia se ve alterada


A partir de los diez años los niños dejan de pensar que los padres lo saben todo y son los mejores del mundo y a los doce comienzan a cuestionar lo que les dicen. Es entonces cuando los padres empiezan a echar de menos al niño que pronto dejará de ser.

 
Un día los hijos comienzan a pensar y sentir de forma diferente, tienen sus propias opiniones y ya no aceptan fácilmente la autoridad de los padres. Pasan horas en sus habitaciones hablando o chateando con los amigos y las discusiones sustituyen casi todas las conversaciones familiares.
 
Han entrado en la adolescencia, la época más temida por los padres. Pero no hay que desesperarse, con un poco de comprensión, mano izquierda y paciencia, mucha paciencia, es posible sobrevivir a esta etapa.
 
Lo primero que hay que tener en cuenta es que la adolescencia es una época difícil, pero no solo para los padres, sino sobre todo para los hijos.
 
Aunque no lo parezca, ese niño que ya nos supera en altura, que protesta y se enfrenta desafiante a cualquier norma, en realidad se siente inseguro. Suele estar inquieto, pasando con facilidad de la euforia a la tristeza sin razón aparente y sin que ellos mismos entiendan que les pasa. Los cambios hormonales están detrás de muchas de estas sensaciones y actitudes y es que entrar en la vida adulta no es tan fácil como parece.
 
Altibajos

De repente les cambia la voz y el cuerpo, comienzan a sentirse extraños y a pensar por sí mismos. Su vida está llena de altibajos, un día es un joven que se come el mundo y al siguiente vuelve a sentirse y a jugar como un niño.

 
Para los padres, lidiar con esos cambios tampoco es fácil y es que una de las primeras señales de alerta de que se empieza a entrar en la temida adolescencia es que la forma de relacionarse con ellos es completamente diferente.
 
Uno de los síntomas más evidentes es el cambio en su forma de vestir, pero si un padre se sorprende como viste y se peina su hijo, no tiene nada más que ver a sus amigos para comprobar que lo hacen para formar parte de un grupo y que en realidad recurrir a la ropa para romper con la generación anterior es tan antiguo como la propia humanidad.
Y es que una de las principales características de la adolescencia es la necesidad de crear su propia identidad, para lo cual suelen contradecir la forma de actuar y vestir que tenían hasta entonces. Los padres, a veces, se sienten rechazados y realmente de alguna forma lo son.
 
No hay que olvidar que la adolescencia es una etapa de crisis necesaria y, afortunadamente pasajera, que está caracterizada por la rebeldía, el inconformismo y la crisis de identidad. Y todo ello multiplica los conflictos familiares. Para los padres es un momento lleno de angustia y preocupaciones, ya que les inquieta el futuro de sus hijos.
 
Durante esta etapa, el niño empieza a sentirse mayor y eso implica que quiere y necesita experiencias nuevas, por lo que es un momento clave, ya que puede tener la tentación de comenzar a fumar, a beber o a experimentar con las drogas. Esto supone un riesgo, ya que vive un momento de incertidumbre y confusión, en el que no suele escuchar ni hacer caso a ningún adulto.
 
En lo que coinciden los padres con un hijo adolescente es en que “no se puede hablar con ellos” y su capacidad para ponerles nerviosos. Pero curiosamente eso es lo que piensan la mayoría de adolescentes de sus progenitores. En cualquier caso no hay que romper la relación y aunque el diálogo no es fácil, una de las claves para mejorar la convivencia familiar es cuidar y favorecer la comunicación.
 
Para que la comunicación no se convierta en un “diálogo de sordos”, hay que intentar buscar el momento para hablar con ellos y escucharles cuando cuenten algo, aunque sea en el peor momento para los padres. Hay que aceptar sus formas y sus tiempos, ya que pueden ser los únicos en los que se acerquen, y hay que darles confianza para que sientan que pueden contar cualquier cosa, pues es la única forma de saber que hacen y cómo se sienten y poder ayudarles. 
 
Como convivir con un adolescente y no morir en el intento
 
Diferenciar lo realmente importante de lo que no lo es y no gastar esfuerzos en asuntos que no vale la pena la discusión que provocan. Puede que no te guste su forma de vestir, pero esto es algo inofensivo.
 
Respetar su intimidad y su identidad.
 
No criticarlo o juzgarlo cuando cuente algo, sino intentar explicar vuestro punto de vista
 
Tener paciencia con sus cambios de humor, sus enfurruñamientos y sus conductas un tanto antisociales. Intentar recordar cómo os sentíais a su edad.
 
Huir de los extremos, no hay que ser ni demasiado permisivo ni demasiado controlador.
 
Poner reglas básicas razonables para asegurar que la convivencia en casa sea llevadera.
 
Explicar los normas de forma clara, advirtiendo con anterioridad el castigo que supondrá no cumplirlas. Nuca amenazar con castigos que luego no se cumplan.
 
Ser flexible, pero no dejarse convencer por frases como “a mis amigos les dejan”, “soy el único que….” posiblemente el resto de amigos digan lo mismo a sus padres. En cualquier caso hay que explicarles que tienen que ser fieles a unos principios, independientemente de lo que hagan sus amigos.
 
No perder los estribos y no gritar. En este momento el adolescente suele desconectar y se creen que no les entiendes y solo le quieres hacer la vida imposible.
 
Evitar frases como “porque lo digo yo”. Intentar explicar las razones, ya que ellos necesitan entenderlas, pero no hay que olvidar que los padres tienen la última palabra.
 
Implicarles en la conversación y llegar a acuerdos para que se sientan parte de las decisiones
 
Información elaborada con el asesoramiento de Mar Sánchez Marchori,

 
 
 
 
 
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