Padres o Nones.

¿Quién manda en casa?

Sin darse cuenta los padres han pasado de imponer su disciplina de forma autoritaria a delegar en los hijos las decisiones y normas de la vida familiar. Pero muchos “reyes de la casa” han acabado convertidos en “pequeños tiranos”.

 

 

Cuando algún padre vuelve la vista atrás y recuerda su propia infancia, obedientes a lo que decían los adultos y en donde los niños no tenían “ni voz ni voto”, se puede sorprender al comprobar cómo han cambiado las cosas. Ahora los pequeños de la casa no sólo tienen voz, sino que esa voz es la que manda en casa.

 

Es cierto que una educación excesivamente autoritaria no es positiva, pero tampoco es aconsejable dejar que los pequeños sean quienes decidan qué se hace, que se compra, que se come o que programa de la televisión se ve, aunque los padres no estén de acuerdo en esas elecciones.

 

El Síndrome del Emperador es más común de lo que pudiéramos pensar y en ocasiones altera la convivencia familiar ante la impotencia de muchos padres que no han sabido poner a tiempo los límites.

 

Lo primero que hay que analizar es porqué se ha llegado a esta situación. Cuando son bebés, los hijos dependen de sus padres para todo y el único medio que tienen para reclamar atención porque sienten hambre, sed o frío es llorando. Al crecer siguen utilizando esas lágrimas para conseguir lo que desean y si los padres no les enseñan otra forma de actuar, se acostumbrarán a imponer su voluntad de esa manera.

 

Además, ningún padre quiere que su hijo sufra o que se enfade con él. Cuando un niño contrariado grita a uno de sus padres “¡No te quiero!”, provoca una reacción emocional en el adulto. Para evitarlo, intentan no enfadarlo, cediendo ante sus exigencias, que se convierten en “pequeños chantajes”. Así prefieren “ganarse su cariño” y hacer lo que pide el niño antes que negarles algo y sentir que son rechazados.

 

Otra causa es la dificultad para conciliar vida familiar y laboral, que hace que los padres no pasen con sus hijos el tiempo que les gustaría, lo que provoca un sentimiento de culpa. Así, cuando están con ellos buscan compensar esa falta dándoles todo lo que piden, además no quieren “perder” ese preciado tiempo con enfados.


El problema es que con esta actitud y apenas sin darse cuenta, acostumbran a los niños a tener todo lo que piden, a no ejercitar el autodominio y la obediencia y a tener el control, lo que implica que son ellos quienes toman muchas de las decisiones en casa, desde la ropa que se ponen a lo que hacen en vacaciones. Pero además, este comportamiento es precursor de verdaderos problemas en la adolescencia, incluso en la juventud y en la edad adulta.

 

Los responsables de marketing de las empresas han tomado nota de esta situación, ya que los estudios destacan que los menores tienen más de un 50 por ciento del “pester power”, es decir la capacidad de influencia que tienen los niños en las compras familiares o en productos no destinados exclusivamente para ellos. Esto ha hecho que muchas campañas publicitarias de todo tipo estén dirigidas a ellos.

 

Así, en España son frecuentes los mensajes dirigidos al público infantil en anuncios de viajes, comidas, incluso en venta de coches, algo que ha provocado más de una protesta de las organizaciones de consumidores y padres, que consideran que estos métodos como publicidad indirecta que busca calar en el menor, sin que se dé cuenta, para llegar a los padres.
Según los mismos estudios, casi el 90 por ciento de padres compra lo que sus hijos le piden, a pesar de saber que están influidos por la publicidad o la presión de los amigos.

 

Al margen de las compras, hay otros “asuntos” que los padres han dejado en manos de los hijos, otorgándoles una capacidad que no está acorde con su edad.

 

Mantener los roles

 

Pero el equilibro familiar se basa en una estructura jerárquica, en la que la autoridad debe recaer en los padres, que son quienes deben de educar y quienes, por edad, experiencia y responsabilidad, saben lo que conviene en cada momento.

 

Por ello, los expertos aconsejan que no se deben desdibujar esos roles. Así, aunque en una familia todos pueden tomar decisiones y opinar, los niños no tienen que tener la última palabra, ya que no tienen edad de asumir esta responsabilidad ni de ejercerla de una forma adecuada.

 

Eso no quiere decir que los padres impongan de forma autoritaria las normas, ya que en una familia debe haber espacio para el diálogo. Los adultos deben explicar a los niños el porqué de las normas, pero la decisión última siempre tiene que ser de un adulto, que es además quien tiene una visión más justa de las necesidades reales.

 

Recuerda…

 

-No hay que sentirse culpables por decir que “no” a los niños, especialmente si es por su propio bien.

 

-Dejar que los niños decidan les hace sentirse poderosos, pero también perdidos

 

- Una educación excesivamente permisiva puede perjudicar en vez de beneficiar, ya que no fortalece su personalidad, sino que favorece la inseguridad

 

-Los hijos necesitan que los adultos se muestren seguros, que les enseñen el camino

 

-Hay ocasiones en las que se debe dejar a los niños decidir en temas de menor importancia, para ir formándoles en la autonomía

 

-Los padres deben tomar las decisiones, pero explicando a los hijos los motivos, incluso en algunos casos se puede “negociar”

 

-No hay que ceder al chantaje emocional de frases como “si no me das lo quiero, no te voy a querer”.

 

-Si consideras que lo que quiere el niño es algo perjudicial o que va en contra de las reglas establecidas, no cedas y hazle saber que ese tema no es discutible

 

-Explícales que en una familia no se puede hacer siempre lo que quiere uno de sus miembros y favorece la educación en valores

 

- Diferenciar entre lo que quiere o desea el niño y lo que necesita.

 

Artículo elaborados con el asesoramiento de MAR SÁNCHEZ MARCHORI,
directora del Instituto Valenciano de Pedagogía Creativa

 

 

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